SU MAJESTAD “LA CHANCLETA”/ NACHA NEWBALL
De las cosas
curiosas que recuerdo de mi época de infancia, era el respeto por los adultos y
los hábitos que tenían para que ni escucháramos ni habláramos. Algunos
pensarán que esto no podía ser posible, pero sí y no era visto como castigo.
Una de las
situaciones que marcaron mi vida es que en las conversaciones de los adultos
los niños debíamos colocar nuestras manos en las orejas, con esto se evitaba
que los niños escucharan “cosas de gente grande”, cuando alguien optaba por dejar
de tapar sus orejas era castigado. Igual sucedía en el caso de hablar u opinar,
era poco lo que se podía hablar sin que alguien saliera a decir: “cuando los
adultos hablan los niños no opinan”.
Eran días que
transcurrían en el seno familiar, lo máximo que se podía hacer era esperar a
que llegaran las 4 pm para ver el inicio de la programación de la televisión
que, por cierto, era blanco y negro. Aclaro, no es que sea tan vieja como
pudieran pensar ustedes, pero todo sucedió cuando gozaba de mi infancia.
Los castigos eran
en función de garantizar que nos criáramos siendo personas de bien, respetuosos,
prudentes y mesurados para actuar; la disciplina en el hogar era casi una obligación
y creo que nadie se atrevía a ser rebelde o revelarse ante dichos atributos que
solo eran de responsabilidad de nuestros padres.
En cierto
momento, conversando con mi padre, me contaba que a él le tocó lidiar con “su
majestad la chancleta”, temida, odiada y hoy repudiada…
Esa chancleta hizo
personas que se comportaban a la altura del respeto y la libertad, y quiero
aclarar que no estoy a favor de los castigos físicos, sería absurdo pensar que
este cuaderno va dedicado a “alabar” la virtud de la chancleta, sin embargo,
dando observancia a como va el rumbo de los tiempos, en los cuales nadie
respeta a nadie, se vuelve necesario buscar una forma contundente de lograr que
algo o alguien asuma el rol de la chancleta y ponga en orden a más de uno para
que el respeto nuevamente sea normal en nuestro medio.
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