EL PERSONAJE DE LA HISTORIA/ NACHA NEWBALL
La
verdadera historia se suscita al salir de casa, la máscara se acomoda en su
lugar y, empieza a rodar la película, es la vida. Somos otros, enajenados y
diferentes a como nos desenvolvemos en la intimidad, somos un manojo de
sonrisas, perfección y amor, nuestro real personaje queda oculto en las paredes
de nuestro entendimiento.
La máscara, suele adaptarse a las situaciones, se
vuelve de colores rosa para mitigar la agresividad y poner una especie de velo
en nuestra verdad, que limita la posibilidad que nos descubran en cada una de
nuestras debilidades.
Somos eso, un cúmulo de personajes que van de
historia en historia, desarrollando una especie de guion, en el que, algunas
veces no somos protagonistas, pero nos robamos el show. Ocultamos los miedos,
las incertidumbres, escondemos la malicia y la picardía que nos invade, el
dolor, el llanto, somos una especie de cofres que, a simple vista, luce
magnífico.
Somos “el personaje de la historia” que creamos y
contamos al mejor estilo, lucimos como queremos que se proyecte a quien
desarrollamos en el libreto y, actuamos de la forma como queremos que nos vean.
¿Somos reales?
Quizá a algunos les sorprenda esta pregunta, otros
van a sonreír con ella, en mi caso, día a día, después de asumir muchas cosas
de las que siento no soy capaz y las supero, indago en mi interior si lo soy.
El personaje de la historia, ese que camina sin afán,
goza y sufre lo que ha de venir, es un ser real, verdadero que, a su conveniencia,
estudia el arte de construir una barrera social para evitar ser vulnerable y
proyectar una dureza irreal para lograr andar en el camino que la vida pone en
sus pies.
El personaje de la historia, se reviste de su máscara
a diario, para enfrentar el teatro de su propia realidad.
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