EL PRINCIPE AZUL Y SU PARADIGMA DESALMADO / NACHA NEWBALL
Desde niñas los cuentos de hadas nos rondan, “La Cenicienta”, “Blanca Nieves”
, “Rapunzel”, en los que las protagonistas son débiles mujeres que de una u
otra manera son rescatadas por un maravilloso ser que las aborda, las enamora y
las hace felices para siempre, es el “príncipe azul” el que llega cabalgando en
su caballo, con un cabello prolijo, una capa de héroe y la firme intención de
dar su amor pero además se hace acompañar de un gran reino en el que hay
riquezas incontables. Su nobleza es tal que a la mujer no le cuesta nada caer
rendida a sus encantos y colorín colorado el cuento ha acabado.
El príncipe es envestido de tantos atractivos que difícilmente se le
puede decir que no, es el más fuerte, el más competitivo y el que sobre sale ante
otros que luchan por el lugar de privilegio en el caso de aquellas historias
donde se necesita un compañero para aquella mujer en edad de merecer, se gana
luchando o con un gran sacrificio en el que la historia lo va llevando a que se
concluya que solo el héroe es quien puede lograr el amor de una princesa. Son condiciones
diferentes pero similares en donde idealizamos a cada participante en una
relación y le damos tanto tinte a los relatos que es posible que imitemos con
imaginación lo que ésta nos ofrece.
La imaginación nos lleva a buscar al príncipe azul, a vivir el
encantamiento de una relación en la que ponemos en primera instancia lo ideal y
dejamos en segundo plano lo real. Vale para esta época ese príncipe azul que
organiza una pedida de mano con postura de rodillas, pétalos de rosa y lo más
extremo con fuegos pirotécnicos, un anillo de muchos puntos de diamantes y una
ceremonia que se lleva a las redes sociales para sellar con seguridad el compromiso
que entra a ser competencia entre las mujeres que están en esa edad que ya la
sociedad las va como “correteando” porque las está dejando el tren.
Romántica como soy y creyente del amor como un mecanismo no solo sanador
sino eje fundamental de cada individuo como factor protector me atrevo a decir
que el paradigma del príncipe azul es desalmado, somos seres normales con
habilidades sorprendentes y dentro de ellas si no está la comunicación, la
lealtad, la fidelidad, la tolerancia y el respeto, entre otros, no podemos
fundamentar una relación de pareja que signifique un amor real.
Los príncipes no son azules, son del color del amor y el amor debe
romper el paradigma que le hemos atribuido al ideal para consolidar en lo real
lo que queremos formar, un coequipero, un copiloto, un compañero, más allá de
los valores agregados que son bellos, sí, pero no son todo.
El paradigma del príncipe o princesa, suena desalmado si no se trabaja
en el ser para dar la oportunidad de
comportarse como tal. El alma se alimenta
con lo hermoso que trae el amor, fluye como debe ser si se camina en el mismo
sentido estando de acuerdo. Es intentar estar frente a frente y saber que la
dirección a la que se va es la que se decide en conjunto.
Príncipes azules sí asumen el rol , es preciso ser no parecer.
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