UN PASEO DELICIOSO / NACHA NEWBALL

 


Encontré en el baúl de recuerdos unas fotografías tan deterioradas por el tiempo como en su desuso. El moho ha querido borrar las memorias y ellas luchan como gato boca arriba para no morir en el olvido.

-        ¡Cuánto tiempo ha pasado! – Suspiro absorbiendo el olor a viejo, los ácaros y el polvillo que se esparce producto de los desechos del papel y la fotografía.

Imagino la niña que corría en las calles pedregosas de aquel barrio donde crecí, ese mismo que me vio crecer en medio de la espesura de los árboles frutales de los que nos trepábamos para saborear a libre demanda cada uno de sus frutos, entre guayabas y mangos, mamones y limones. Tiempos en los que con la libertad de los pies descalzos devorábamos el camino para llegar a las pozas saladas que otrora invadían el lugar, a jugar futbol y a correr cuando las vacas eran soltadas de los potreros cercanos del barrio Ternera.

Veo las fotos y bailan los recuerdos en el pensamiento desdoblando aquellos que yacen dormidos o quizá paralizados esperando que algo los active para aletear como mariposas en los campos florecidos. Los colores van dando forma al paisaje que he logrado al pintar mis días sombríos con aquellos que he vivido sonreídos. Y ahí veo a esa niña de cabello rubio y ojos color miel, llena de un pequeño mundo adornado por libretas de todo tipo, lapiceros de mil colores, revistas y “paquitos” de los que a veces quisiera tener más recuerdos y atraparlos en mis sueños. Recortaba palabras, paisajes, pensamientos, leía una y otra vez a Corín Tellado, me fijaba en la ortografía tanto como en los vestuarios de las modelos de Cosmopolitan, era tan niña y a la vez tan mujer, que vestía a corta edad como una mujer madura. A escondidas lucia tacones y collares grandes, me probaba las pelucas que con gran cuidado mi madre guardaba para lucirlas en ocasiones especiales, jugando con la imaginación escribí las primeras historias que conservo nítidas en la memoria.

Volver a vivir la emoción de subir al techo y caminar sobre láminas de Eternit hirviendo por el clima del verano, montar en bicicleta y hacer carreras con los niños de la cuadra, es volver a vivir la adrenalina de la infancia. Momentos como tomar sin permiso el auto de mi padre, quemar voladores en navidad sin protección y fumar a escondidas un cigarro Malboro, ser la portera de un equipo femenino de futbol y ser encontrada con los amigos hurtando mangos en el patio del colegio vecino, era lo máximo que podríamos hacer en medio de la realidad que nos arropaba cuando podíamos solo responder llamadas desde el teléfono que adornaba la sala de nuestra casa.

Vivencias que repaso una y otra vez con nostalgia, un paseo delicioso en la libertad que nos acompañaba antes de vivir la experiencia de estar atados a la realidad virtual.






Comentarios

Giovanna dijo…
Como gato boca arriba 😄😄 me ha impactado eso.


Bello todo. Abrazos. Nacha

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